Los antiguos debatieron largamente el origen de las palabras. Algunos decían las palabras que usamos los hombres para nombrar a las cosas tienen una razón de ser, que se relacionan con el objeto nombrado: por ejemplo, la palabra "mugido" tiene una cierta relación con el ruido que hace una vaca. Otros sostuvieron que las palabras no son más que una convención arbitraria: los griegos llamaban "pélagos" al mismo mar que los romanos denominaban "mare".
Esta segunda concepción triunfó, y con razón. La lingüística después fue mostrando cómo las palabras van mutando junto al lenguaje, o se van pasando de un idioma al otro casi sin relación a "la cosa nombrada" - con la excepción de palabras como "mugido".
Pero con los nombres no pasa lo mismo. Hay una razón muy concreta por la cual nuestro país se llama "Argentina", y no "Chicurolandia". Cuando alguien pone un nombre, lo hace porque quiere definir algo. Puede equivocarse: al fin y al cabo nunca encontraron plata en la Argentina. Cuando se ponen nombres, la gente suele pensarlo con cuidado. Incluso un nombre sin significado como "Hesperidina" se diseñó a propósito para causar intriga entre los potenciales compradores.
Cuando alguien le pone un nombre a su agrupación política, elije palabras que la definan. "Unión Cívica de la Juventud": dice que es un grupo de jóvenes, con ideas cívicas, y que es una unión de distintas personas. El nombre era el resumen del proyecto que tenían, aunque quizá después haya sido un grupo de todas las edades, con ideas revolucionarias, y bajo una dirigencia fuerte.
Nombres como "Partido Socialista de los Trabajadores" o "Partido Demócrata Cristiano" muestran cuál es el proyecto, el ideal, la meta de sus fundadores. (Teniendo siempre en cuenta que pueden apartarse de ella.)
El Frente para la Victoria existe para conseguir eso: la victoria. Lo único que importa es ganar. El poder no es el medio, sino el objetivo.

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