jueves, 31 de mayo de 2012

E pur mi giova la ricordanza

Hace unos días, imbuído de un impulso germánico, quise recordar la poesía Erlkönig, de Goethe. Me resultan muy propios del romanticismo el brillo de la luna, la alucinación y la muerte. Por eso la última vez que estuve en Múnich adquirí junto al Werther, una breve antología titulada simplemente "Gedichte" con prólogo de Stefan Zweig. Abrí el libro un poco antes de la mitad, y me encontré con Erster Verlust.
Ach, wer bringt die schönen Tage,
Jene Tage der ersten Liebe,
Ach, wer bringt nur eine Stunde
Jener holden Zeit zurück?

Einsam nähr' ich meine Wunde,
Und mit stets erneuter Klage
Traur' ich ums verlorne Glück,

Ach, wer bringt die schönen Tage,
Jene holde Zeit zurück!
Pensé en compartirla en algunas de las redes sociales que tanto abundan, pero no. Criticarán que repite las palabras con las que rima. Dirán que es "cursi" o, "ultra gay".

Yo no añoro el pasado, o por lo menos aún no lo añoro. Por primera vez tengo conciencia de que soy lo que quiero ser: ya no hay un "cuando sea grande" y todavía no me llegó el "cuando era chico", aunque queden cosas que me resultan incomprensibles, y en momentos como este me siento viejo y joven a la vez... Cuando era chico, creía que los adultos eran gente estudiosa y culta. Siempre cuento una anécdota con mi abuela, que fue doctora en filosofía y catedrática en la UNCuyo: yo había cumplido 6 años hacía poco, y estaba en su casa del centro de Mendoza tomando el té, cuando le dije... "Abuela ¡sé las letras!". Yo esperaba que me felicitara, pero ella alzó los lentes de leer, y me miró con una mirada que nunca me voy a olvidar. -"¿A ver?". Recité el abecedario esperando que me regalara una sonrisa. En cambio, no, siguió con esa mirada, como interrogándome o midiéndome, y dijo: "muy bien, ahora... ¿sabés las letras griegas?". Y me las enseñó.

Sólo me aprendí las seis primeras y la omega. Pero pasaron muchos años, y acá me encuentro con que el adulto argentino promedio a duras penas terminó la secundaria. Aún entre los que tienen títulos universitarios difícilmente haya alguien que lea a Esquilo o escuche a Callas. Y si me circundo de quienes sí lo hacen, inevitablemente voy a ser siempre "el joven".

Hoy falleció Mirta, la hermana menor de mi abuela. Con ella se extingue su rama de los Calderón de la Barca en Cuyo. Por cada libro que deja de abrirse, tres nuevos televisores sintonizan a Tinelli. Demuelen palacios para contruir edificios. Y todo lo bueno va muriendo lentamente.

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