Es verdad que nuestro tiempo tiene en gran parte los valores subvertidos; y es verdad que al menos los gérmenes desa subversión han existido siempre en el seno de nuestra civilización en estado de mayor o menor desarrollo: esa es la eterna polaridad de la Historia, simbolizada en la lucha mítica de Ormuz y Ahriman; o si se quiere, de la materia y la forma; o de la cizaña y el trigo.Hay una dialéctica de la degradación en el curso dramático y sinuoso de la cultura humana. "El que sea santo, que se santifique más; y el perverso, que se pervierta más; hasta que llegue el fin" dice el profeta Daniel. Pero Nietzsche no conoce el fin del drama de la historia; por lo cual cuando predice no sin perspicacia el advenimiento del "superhombre" del légamo de la confusión, adornándolo con cualidades titánicas, no sabe que en realidad está pronosticando el Teitán: el Anticristo.
Tampoco yerra Nietzsche cuando ve que la moral inferior fuera de su lugar, o sea decapitada, deja de ser moral y se transforma en un cadaver galvanizado. Sin el principio estructurante de lo superior, la religión del plebeyo es superstición, la democracia es demagogia y el "estilo plebeyo" es simplemente falta de estilo. Cuando la religión, de mística, desciende a la política, se vuelve pésima política y fariseísmo; cuando el ideal caballeresco es sustituido por el ideal burgués se vuelve mercantilismo y rapacidad, culto del oro y todo menos ideal; cuando la pasión del bien público e incluso de la gloria civil es sustituida por la pasión del mando, surge la tiranía; finalmente, cuando el saber abandona el esoterismo y se vulgariza, decaen y se corrompen las artes y las ciencias; y se produce la mortífera hipertrofia de la técnica que en definitiva, como un cáncer, tiende a devorarlo todo, incluso a sí misma.
Pero no es porque se practique la moral inferior y la otra no; es porque no se practica ninguna. No es porque el Capitán adopte el ethos del labrador; es porque surge un falso capitán. Porque en realidad, viéndolo bien, no es el plebeyo el contrario del noble; el contrario del noble es el falso noble. No fueron plebeyos los que causalmente hicieron la Revolución Francesa: fueron los nobles corrompidos, y los curas corrompidos, como Talleyrand y Felipe Igualdad; aprovechándose como herramienta del resentimiento -justificado o no- del populacho de París.
El noble y el plebeyo son los dos términos de una función; cuando se invierten los términos es porque los dos han aflojado, empezando por el de arriba; que si el Capitán no ultrajase a la hija del Labrador, no se arrogaría el Labrador el derecho de dar garrote al Capitán.
Adrede hemos aludido al drama de Calderón, porque el teatro español relata maravillosamente la lucha sin rupturas el tenso equilibro de las dos morales: la aristocracia regia delimitada por el honor feudal; los abusos de los señores refrenados por la resistencia villanesca; y todo asentado ante el reconocimiento común de una misma Ley, religiosa ante todo; y vigente en los místicos: en los "Santos" cuyas vidas teatralizadas alternan en la escena del Siglo de oro con las tragedias del honor y las comedias de capa y espada; dualidad funcional fijada en un símbolo perenne con la parábola de Don Quijote y Sancho, uno en busca de su Ínsula y otro en recuesta de Dulcinea; los dos inseparablas en la prosecución de ideales ilusorios pero subordinados.
"Nietzsche no ha odiado propiamente al cristianismo sino al fariseísmo", dice ThibonEsta tesis del gran escritor francés puesta así no es correcta y es capciosa. Nietzsche aborreció al cristianismo simplemente porque lo que nosotros llamamos fariseísmo era para él lo esencial de la religión, y puede que no anduviera errado respecto a la religión que él vio a través de sus malos lentes, desde luego.
Nietzsche abomina el Nuevo Testamento, de Lutero, de la jerarquía eclesiástica, del conventualismo, de los votos y los devotos, de la mansedumbre y la benignidad, de la limosna, de lo que vulgarmente se llama virtud, de la "democracia cristiana", de los Santos, y de la Cruz. Y aunque manda respetar a los sacerdotes y admira el celibato eclesiástico como institución, los tiene como "enemigos" y en algún lugar los maldice; "el cura ascético es el ser más bajo, el más embustero, y el más indecente". Acumula con saña las más crueles acusasiones contra el cristianismo y sus efectos en el mundo.
Pero delante de la figura de Cristo se detiene desconcertado. No puede despreciarlo, y no se atreve a juzgarlo; aventura dos o tres hipótesis, y al final concluye que: "de Él no sabemos nada".
No hay comentarios:
Publicar un comentario