A la mesa de Don Francisco, Duque de Cartagonova, estaba invitado Aldaberto, un forastero errante.
Duque: Dígame, don Aldaberto, ¿qué es esta democracia de la que habla?
Aldaberto: Significa que el que gobierna es... ¡el pueblo!
Duque: Pero... ¿el pueblo?... es una multitud innumerable de analfabetos ¿cómo ejercen el gobierno?
Aldaberto: A través de sus legítimos representantes, elegidos por el voto de la universalidad popular.
Duque: Pues entonces, no es el pueblo quien gobierna, sino sus representantes
Aldaberto: ¡Gran verdad, oh duque! Pero todos gobiernan en el instante en que insertan su voto en la urna.
Duque: Pero ciertamente, ilustradísimo Aldalberto, es imposible que cada uno elija qué pocentaje pagará como impuesto.
Aldaberto: Claro que no. Pero se espera que cada ciudadano elija al representante que piense más similarmente a su pensamiento.
Duque: Es poco creíble. Un tirano electivo... Pienso que...
Aldaberto: ¡Tirano electivo! Oh no, Don Francisco, hay división de poderes: se elige un Presidente para el gobierno cotidiano; y una asamblea de representantes para hacer las leyes
Duque: Pues, lo escucho con suma atención. Parece un disparate, pero vuestra merced habla como si fuera una gran novedad.
Aldaberto: Un disparate...?
Duque: Sí, un disparate, ¿una masa de pastores ingorantes puede elegir a quién dirija el funcionamiento del país?
Aldaberto: ¡Quizá sí, don Francisco! ¡Quizá sí!
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