lunes, 17 de septiembre de 2012

El chaco central-norte

¡Qué cielo aquel en determinadas épocas del año! ¡Qué esplendidez de pureza en su atmósfera; qué crepúsculos y qué admirables puestas de sol con sus tintas de tonos variadísimos lanzados hasta los cúmulos erráticos del cénit y dando transparencias fantásticas á los estractus desparramados en el ancho círculo del horizonte!
Aves, cuadrúpedos, aromas, frutos, luz y colores: un exceso de vida desbordante de vigor y de contrastes, he ahí la síntesis de aquella naturaleza que parece reclamar para sí las frases de Duruy, diciendo que es un vivero de flores y de frutos preparado para la infancia de los pueblos niños!
El crepúsculo vespertino hallábanos recién desmontados de las fatigadas cabalgaduras después de un día entero de marcha á través de boscosidades interminables llenas de la vocinglería de las charatas, las pavas (Penelope), las chuñas, los loros, los cuadrumanos y el sordo rum-rum de los insectos, ó de la soledad de las abras herbosas donde caballero y caballería desaparecen casi, abriendo una huella que se borra inmediatamente como una línea trazada en la superficie del agoia, caracterizadas además por las cónicas construcciones de los íaairú (Termües) ó las cavernas subterráneas del Ctenomis brasiliensis.
En torno nuestro la actividad del campamento se descomponía en ruidos de armas, voces, relinchos y mugidos de las bestias, y chasquidos de los secos ramajes al caer en pedazos en el foco de las hogueras aún humeantes. A nuestros pies el río desenvolvía los anillos de su curso caprichoso, corriendo lentamente en la pereza de un plano sin pendiente ó con el fatalismo resignado de un esclavo. Más allá el bosque, cada vez más oscuro y medroso, y cortando la línea aún rojiza y clara del horizonte, la pradera inconmensurable agitada por las primeras ráfagas de la brisa nocturna, fresca y llena de perfumes indefinibles.
El crepúsculo largo y melancólico tocaba á su fin al apagarse los ruidos del campamento en reposo, mientras que el horizonte entenebreciéndose, parecía acercarse por grados. De los negros senos de la selva con sus palmas escuetas y sus lianas colgantes como enormes boas aletargadas, avanzaban masas de sombras cada vez más oscuras, inundando el abierto espacio de la pradera. En el aire, á cien pies de altura, cruzaban en ordenadas líneas ó en masas triangulares enjambres de patos, lanzando gritos roncos y breves contestados por el lejano y raro aullido de los perros de los aduares tobas. El silencio, dominando á este desvanecimiento de la luz, de los colores y de los detalles, hacíase por grados más intenso anunciando la hora primera del reposo de lá naturaleza.
Un instante después la tierra, el bosque y el horizonte habían desaparecido de la retina, y hasta el río borraba su faz grisácea en la primera curva del S. E.
En cambio, el cielo se hacía cada vez más esplendoroso. Astros, estrellas, mundos y nebulosas, llenando en turbión de chispas y centelleos vivísimos el cénit y el horizonte, difundían sobre la tierra somnolienta y oscura una luz indecisa de aurora desconocida.
Poco á poco surgían los rumores característicos de la noche. El río, reflejando en las inquietas aristas de sus pequeñas ondas la luz de arriba, corría entonando el poema de sus rumores eternos de ritmo extraño y vario. Del bosque llegaba hasta nosotros un hervor de vida sordo y medroso como el eco de cuchicheos lejanos, dominados por las melancólicas lamentaciones del cacuí (buho), lanzadas á intervalos con su nota de dolor supremamente humano, seguidas á veces de los ahogados chillidos de los asustadizos carayá.
Nada que hable más honda y misteriosamente al alma que el grito lastimero del misterioso cacuí (un caprimulgo seguramente) con su nota extraña que semeja el laihento de una vida que se extingue: un ay! prolongado que demanda socorro y que instintivamente le pone de pie al que le escucha y le empuja á prestarle sin demora á aquel semejante que muere en un abandono absoluto.
De las zonas palustres venían rumores de alas, ecos del brusco choque de las bandas de patos rezagados, al caer sobre el agua mansa y fría; silbidos de las alarmadas becacinas, coreados con la voz de alarma del vigilante tero-tero (vanellus cayanensts) y el grito fúnebre de la speotito cunicularia espantada por la repugnante facha de alguna enorme tarántula merodeadora, ó á la vista del temido crótalus hórrido con su apéndice de sonoras articulaciones.
Por encima de todo esto, el rugido poderoso y vibrante del hambriento jaguar, atraído por las bestias del campamento ó al acecho de la presa cuotidiana — perros, ovejas ó seres humanos — en torno á las tolderías de los indios aterrorizados. Finalmente, el grito lejano del canis jubalus el sordo tropel de una manada de cientos de jabalíes (Dycolite tortguata) en fuga, mezclados á los mil rumores arrancados por el viento á las hojarascas vagabundas y á las intrincadas espesuras del monte, surcadas por las fosforecencias intermitentes de luciérnagas gigantes (un Elatérído) y del vulgar y modesto tuco-tuco.

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