miércoles, 20 de junio de 2012

Tolkien, el matrimonio, y la religión

(Traducción de lo que publiqué hace unos meses). Esta carta me gusta porque nadie se lo imagina a Tolkien diciendo cosas así.

A Michael Tolkien, 6-Mar-1941

La relación de un hombre con una mujer puede ser puramente física (claro que no literalmente, pero quiero decir que puede no tener en cuenta nada más que lo físico, para gran daño de su cuerpo -y alma-, y de ella); o pueden ser 'amigos'; o pueden ser 'amantes' (usando y mezclando sus afectos y sus capacidades mentales y físicas en una emoción poderosa, matizada y energizada con 'sexo'). Este es un mundo caído. La dislocación del instinto sexual es uno de los mayores síntomas de la Caída. El mundo ha estado 'yéndose al diablo' en todas las épocas. Las formas de socializar cambian, y cada nuevo modo tiene sus peligros específicos, pero el 'vil espíritu de concupiscencia' se paseó por todas las calles y se puso a observar muslos desde la caída de Adán. Dejemos de lado los resultados 'inmorales'. No vas a querer arrastrarte en ellos. Pero tampoco tenés vocación a la renuncia. ¿Será, entonces, 'amistad'? En este mundo caído, la 'amistad' que debería ser posible entre todos los seres humanos es virtualmente imposible entre un hombre y una mujer. El demonio es infinitamente ingenioso, y la sexualidad es su objetivo favorito. Es tan capaz de atraparte por medio de tus motivos tiernos y generosamente románticos, como a través de motivos más básicos o animalescos.

Esta 'amistad' se ha intentado muchas veces: casi siempre uno o el otro termina fallando. Tarde en la vida, cuando la sexualidad se enfría, podría ser posible. Podría pasar entre santos. Pero entre gente ordinaria es muy raro que pase: dos mentes que tienen una afinidad principalmente mental y espiritual pueden, accidentalmente, residir en un cuerpo femenino y otro masculino, y quizá deseen y consigan una 'amistad' independiente del sexo. Pero nadie puede contar con eso. El otro va a terminar defraudándolo (o defraudándola), casi con seguridad, al 'enamorarse'. Pero un hombre joven en realidad (por norma general) no quiere 'amistad', aún cuando dice que sí. Ya hay otros hombres jóvenes (por norma general). Él quiere amor: inocente, aunque quizá irresponsable. Allas! Allas! That ever love was sinne!, como dice Chaucer. Y entonces, si es un cristiano y sabe que existe tal cosa como el pecado, va a querer saber qué se hace con eso.

En nuestra cultura Occidental la tradición caballeresca todavía existe, pero ya que es un producto de la Cristiandad (aunque en nada se parece a la ética Cristiana), los tiempos presentes le son enemigos. Idealiza al 'amor' - y en cuanto a eso respecta, puede ser muy buena, porque lo considera mucho más que placer físico; y si no resalta la pureza, por lo menos resalta la fidelidad; y la abnegación, el 'servicio', la cortesía, el honor y el coraje. Su debilidad es que empezó como un juego artificial entre cortesanos, como una forma de disfrutar el amor por sí mismo sin hacer referencia a (y de hecho, en contra de) el matrimonio. Su centro no era Dios, sino Dioses imaginarios: el Amor, y la Señora. Tiende a hacer de la mujer una divinidad, o una estrella guía; es el objeto, o la razón, de la conducta noble. Lo cual es falso (como mucho, fantasioso). La mujer no es más que otro ser humano caído con un alma en peligro. Pero combinado y armonizado con la religión puede ser muy noble (por muy antiguo que haya sido, produjo la bellísima devoción a Nuestra Señora que ha sido la manera en que Dios refinó tantas naturalezas y emociones groseras, y dio color y calor a nuestra dura y amarga religión). Entonces produce lo que se considera (incluso entre los que apenas guardan un vestigio de Cristiandad) como el más alto ideal de amor entre hombre y mujer. De todos modos creo que tiene peligros. No es del todo verdadera, y no es para nada 'teocéntrica'. Desvía, o en el pasado desviaba, la mirada del hombre de las mujeres como son: como compañeras de naufragio, no como estrellas a seguir. Un resultado es que el hombre se vuelva cínico. Que olvide los deseos, necesidades y tentaciones de ella. Inculca nociones exageradas de 'amor verdadero', como un fuego externo, como una exaltación permanente, que no tiene relación con la edad, con la crianza de los hijos, con la vida en sí misma, sin relación con una voluntad o un propósito. (Uno de los resultados de esto es que la gente joven busque un 'amor' que los mantenga siempre contentos y cómodos en un mundo gris sin esfuerzo de su parte; y los incurablemente románticos lo van a seguir buscando hasta en el polvo de los juzgados de divorcio).

(...)

De todos modos las mujeres en general son mucho menos románticas y más prácticas. No te engañes por el hecho de que son más 'sentimentales' en las palabras - más dadas a decir 'te quiero', y todo eso. Ellas no quieren una estrella que las guíe. Ellas pueden idealizar al simple joven hasta hacer de él un héroe; pero no necesitan eso para enamorarse o seguir amando. Si tienen alguna ilusión es que pueden 'reformar' a los hombres. Van a juntarse con un tarambana, y aún cuando la ilusión de reformarlo les falle, van a seguir amándolo. Son, claro, mucho más realistas en cuanto a la relación sexual. A menos que las pervierta la moda actual, generalmente no tienen 'subidas de tono'; no porque sean más puras que los hombres (no lo son) sino porque no les parece gracioso. Conozco a algunas que aparentan que les es gracioso, pero no es más que una apariencia. Puede resultarles intrigante, interesante, absorbente (y a veces demasiado absorbente), pero el impulso es un interés natural, serio y obvio, ¿cuál es la gracia?

Y claro que tienen que ser mucho más cuidadosas en lo sexual, con los anticonceptivos, etc. Los errores son dañinos física y socialmente (y matrimonialmente). Pero ellas son instintivamente monógamas, cuando están incorruptas. Los hombres no. Es inútil negarlo. Los hombres simplemente no lo son, no según su naturaleza animal. La monogamia (si bien por muchos siglos fue fundamental para nuestras ideas heredadas) nos es para los varones una parte de la ética 'revelada', concuerda con la fe y no con la carne. Cada uno de nosotros podría concebir sin problemas, en nuestros 30 años de máxima hombría, unos cuantos centenares de hijos y disfrutar el proceso. Brigham Young (creo yo) fue un hombre sano y feliz. Este es un mundo caído, y no hay consonancia entre nuestros cuerpos, mentes, y almas.

Sin embargo, la esencia de un mundo caído es que lo mejor no se puede conseguir con satisfacción, o con lo que se llama "auto-realización" (lo que usualmente es un eufemismo para la auto-indulgencia, que es completamente opuesta a la realización de las demás personas); sino que se consigue mediante la negación, el sufrimiento. La fidelidad en el matrimonio cristiano significa eso: una gran mortificación. Para un cristiano no hay escapatoria. El matrimonio puede ayudarlo a santificar y dirigir el deseo sexual a su verdadero objeto; su gracia puede ayudar en el conflicto; pero el conflicto permanece. No lo satisfará, como el hambre se mantiene a raya comiendo con regularidad. Le ofrecerá tantas dificultades a la pureza correspondiente a ese estado, así como ayudas. Ningún hombre, por mucho que haya amado a su novia y prometida en su juventud, puede permanecer fiel a ella como esposa en su cuerpo y su mente sin un ejercicio deliberado y consciente de su voluntad, sin auto-negación. Muy pocos saben esto, incluso entre los que crecieron en la Iglesia. A los que están fuera de ella nadie se los dice. Cuando se acaba el glamour, o cuando va menguando, creen que se equivocaron, y que en realidad todavía no encontraron a su "verdadero amor". El verdadero amor resulta ser, en general, la próxima persona sexualmente atractiva que aparece. Alguien con quien podrían haberse casado con mucho provecho, si no fuera por que --. Y de acá el divorcio, para solucionar el temita. Sólo un hombre muy sabio al final de su vida puede elaborar un juicio certero sobre quien, entre todas las oportunidades posibles, hubiera sido la mejor de todas. Casi la totalidad de los matrimonios, también los matrimonios felices, son equivocaciones; en el sentido de que con toda seguridad ambos podrían haber hallado una pareja mejor. Pero el "verdadero amor" es aquél con el que estás efectivamente casado. Elegís muy poco: la mayor parte del trabajo la hacen la vida y las circunstancias. (Aunque, si existe un Dios, ellas han de ser sus instrumentos). Algo que hay que notar, es que los matrimonios felices son más comunes donde la 'elección' de los jóvenes está más limitada por la autoridad paternal o familiar, siempre que haya una ética social basada en la responsabilidad (responsabilidad en todo sentido, no sólo en el amor) y en la fidelidad conyugal.

(...)

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